Venezolanos piden en calles de Quito para enviarle dinero a sus familias

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Nos cansamos de pasar hambre junto a nuestros hijos y de ver que las cosas en lugar de mejorar empeoraban, confiesa Celey Caraballo, una caraqueña del 23 de Enero, que comparte semáforo con Francis Hernández y Olianyeris Martínez, estas últimas con 5 y 7 meses de embarazo, publica La Verdad de Vargas.

Francis es una nativa de Vargas que hoy busca abrir caminos en Quito, para traerse a sus cinco hijos que ahora están a cargo de su mamá, en uno de los sectores más altos de Barrio Aeropuerto, adonde casi nunca llega el agua por tubería.

Está embarazada de su sexto hijo, pero asegura que vive sin angustias, porque mientras su esposo trabaja como albañil, ella, tragándose “el orgullo de ser venezolano”, pide ayuda, con su cartelito hecho a mano, por las calles de la ciudad que vio nacer a Manuelita Sáenz, la Libertadora del Libertador de Ecuador y de América, Simón Bolívar.

Los quiteños, en el fondo, quieren mucho a los venezolanos porque aquí vinieron otros como el Mariscal Antonio José de Sucre y su ejército, quienes dieron su talento y su sangre para libertarlo. Ahora los hijos de Bolívar y Sucre llegan en cambote con los pies hinchados de tanto caminar y con bastante hambre para saciar.

-Se vive mejor aquí pidiendo, que en Venezuela trabajando, pues en esta ciudad se consigue de todo lo que allá escasea, expresó”.

Indica que en BA vio gente que está peor que su familia, porque hay niños desnutridos y ancianos que están pasando hambre, que no tienen para sus medicinas.

Ella se vino en autobús con su esposo y su hermana hasta Cúcuta y de allí agarraron camino a pie rumbo a Quito, haciendo grupo con otras cuatro personas, para protegerse mutuamente .

-Los colombianos se portaron muy bien con nosotros. Nos ofrecían comida, agua, ropa. Muchos nos daban la cola por tramos, porque es una carretera laaarga. Nos bajábamos, caminábamos un poco y luego otro se ofrecía a llevarnos y así.

No se arrepiente de haber emigrado, porque ahora sí puede ayudar a su familia. “Allá no podíamos seguir, viendo a los de uno ponerse flaaacos por el hambre y a los hijos de los vecinos desnutridos. A mí me daba sentimiento, pero uno como hace para darles comida si estábamos pariendo para comer nosotros”.

Con lágrimas en los ojos, Francis relata que su hermano de 40 años, se murió en junio del año pasado en el hospital, porque no conseguía los medicamentos para la cirrosis que padecía.

-Mi prima Fanny Batista vive bien porque trabaja con García Carneiro, pero yo no puedo seguir apoyando algo que condena a toda mi familia a pasar necesidades. Sería ignorancia mía que yo siga apoyándolos, culmina Francis.

“Pasamos varios días comiendo solo yuca y plátanos y decidimos emigrar”

Olianyeris Martínez, 23 años, es de los Valles del Tuy, tiene una hija y una enorme barriga de siete meses:

-Mi esposo y yo teníamos dos años pensando en venirnos, pero nos daba mucho miedo dar este paso hacia lo desconocido y, finalmente, acosados por la falta de trabajo, que te genera hambre para hoy y hambre para mañana, decidimos aventurar, porque nada podía ser peor a vivir con hambre y sin esperanza.

Recuerda que la familia se aliviaba con plátanos y yuca, aunque reconoce que se alegraban cuando llegaba la caja CLAP, pero los tiempos se alargaban entre una y otra caja; las cosas se fueron poniendo peor y peor.

-Comprar en Mercal, Pdval o el abasto Bicentenario era mejor, porque la bolsa hay que esperar a que llegue y a veces se tarda hasta dos meses. No solo eso, se fue degradando: menos productos y menos variedad, ahora viene con seis kilos de lentejas, es mucha proteína, es cierto, pero dan muchos gases y además uno se cansa de comerlas tanto.

Olianyeris nos confirma lo que es un secreto a voces: la leche del CLAP es muy mala y hasta diarrea les daba a los adultos y los niños se enfermaban con esa leche rara.

-Ahorita todo es una angustia en mi país. Mamá está preocupada porque van a subir el sueldo otra vez y se va a disparar aún más la hiperinflación. Allá los que medio viven bien son los militares de alto rango, pero también sus familias son afectadas por la crisis.

“Mi esposo trabaja de albañil y yo en la calle para ayudar a la familia”

-Cuando llegué a Cúcuta me puse a llorar de ver que allí los abastos y supermercados tienen bastante comida, aceite, atunes, sardinas hasta harina PAN en cantidad, y nosotros veníamos de pasar hambre en Venezuela. Me dio rabia y dolor porque nosotros éramos un país rico y ahora somos tan pobres.

Celey Caraballo, es la única de este trío de venezolanas que no está embarazada, porque a sus 30 años, ya tuvo suficiente: tres hijos que quedaron a cargo de su suegra, en el 23 de Enero, Caracas.

Su esposo trabaja como albañil de 7 de la mañana a 6 de la tarde y gana 12 dólares por día.

-El se jode mucho, pero el patrón le da su almuerzo y le prometió que lo iba a ayudar para que traigamos a nuestros hijos. Además no conviene que los dos estemos pidiendo por estas calles.

Celey Caraballo y su esposo tenían más de un año pensando en emigrar, aunque no se decidían porque ninguno de los dos había salido nunca del país. Sin embargo en septiembre de 2018, “cuando Maduro dio el bono de los 7 mil y aun sumando su sueldo no nos alcanzó ni para comprar las sardinitas, mi esposo se alarmó, compró el pasaje para Cúcuta y de allí se fue a Perú, donde solo duró un mes porque la vida es muy cara. Caminando de mochilero se vino hasta Quito”.

Durante mes y medio su esposo no le pudo mandar la remesa, y ella y sus hijos pasaron mucha hambre.

Recuerda que en Venezuela cuando desapareció el pollo comían “sardinitas”, pero hubo un tiempo en que hasta los enlatados se acabaron. “Yo hacía esas largas colas para comprar huevos, y a veces se acababan, no alcanzaban para todos los que hacíamos la cola. Y yo lloraba porque mis hijos y mi mamá me esperaban para comer y yo llegaba con las manos vacías, y el estómago también. Eso era muy doloroso y frustrante”.

Pero, en Quito, las cosas no han sido fáciles para ellos que viven en un hostal, en una habitación que comparten con otras cinco personas: una pareja con dos hijos y la mamá de la señora: siete en una sola habitación.

-No tenemos privacidad, y cuando hablamos con el encargado, nos dijo que más bien van a meter unas literas y que nuestra cama matrimonial es muy grande, fíjese usted. Mi esposo me dijo que si ponen literas nos vamos.

-¿Se van para Venezuela?

-No, claro que no. Para allá vamos cuando Diosito saque a Maduro, aunque se está tardando mucho.

Las tres son contundentes: prefieren pedir en las calles y vivir en un hostal en un barrio humilde de Quito, al sufrimiento y la incertidumbre de sobrevivir en Venezuela.

-Sabes, lo que a mí me da tristeza es que aquí yo puedo estar segura de mi desayuno, almuerzo y cena todos los días. Sin embargo cada vez que yo me voy a comer aquí un pollo, o carne o hígado, quisiera que mis hijos, mi mamá y mi suegra estuvieran aquí comiendo completo también.

Confiesa que toda la familia de su esposo y su mamá se quieren venir; los vecinos del 23 también están ansiosos porque termine la pesadilla, y hacen planes para huir, pero no es una decisión fácil, aunque la situación es tan grave que, aunque los familiares les mandan plata semanalmente, no les alcanza porque allá los alimentos suben y suben. Ni hablar de comprar zapatos o ropa.

Las cajas CLAP llegaban hasta con 6 kilos de lentejas, 2 de arroz, 2 pastas de medio kilo y un aceite de 900. Lo peor es que uno no puede hacer nada sino esperar a que lleguen. Antes era cada 20 días, luego 30 y por lo menos ahorita no llegaba desde noviembre y llegó hoy (viernes 8 de febrero). Vamos a ver que cuento me trae mi hija cuando me diga que es lo que trajo la bolsa esta vez.

Por Rómulo Herrera / La Verdad de Vargas.